¿Por qué Ars Magna Lab?
En 1274, Ramon Llull subió al Puig de Randa y bajó con una idea muy rara para su época: una máquina para razonar.
Llull (c. 1232–1316) fue un filósofo, escritor y místico mallorquín. Según contó él mismo, en la cima de Randa tuvo la iluminación de un método al que llamó Art: un sistema para combinar unos pocos principios y, a partir de ellos, llegar a la verdad sobre cualquier tema. Lo reescribió durante toda su vida. La versión final, el Ars generalis ultima, es la que conocemos como Ars Magna.
El truco eran las letras y los círculos. En esa versión, nueve principios se representan con las letras B a K y se colocan en círculos concéntricos de papel que giran. Al girarlos van saliendo todas las combinaciones posibles, de forma mecánica, sin depender de la inspiración de quien las mira. Es una de las primeras ideas de un procedimiento automático para generar razonamientos.
Cuatro siglos después, Leibniz lo leyó, escribió su Dissertatio de arte combinatoria (1666) y soñó con un cálculo capaz de zanjar cualquier discusión haciendo cuentas. Por eso a Llull se le cita a menudo entre los precursores lejanos de la informática.
¿Y el «Lab»?
Aquí es donde construyo mis máquinas: domótica, apps, juegos e IA. No son ruedas de papel, pero la idea es la misma: combinar piezas sencillas para que una máquina piense, juegue o ayude.
Y como el Puig de Randa está en Algaida, donde vivo y ando, el nombre casi se eligió solo. El emblema es la Figura A de Llull redibujada: las nueve letras, las líneas que las unen y los anillos que giran.